Madres trabajadoras en las cigarreras de Nueva España

Pilar Gonzalbo Aizpuru

La monarquía española tuvo en el cultivo de tabaco en sus dominios americanos un cuantioso ingreso para la hacienda real, por lo que estableció condiciones específicas para controlar su producción. Las trabajadoras de la fábrica real de tabaco novohispana se organizaron para conseguir fondos especiales para madres y enfermas, así como para habilitar un área especial con una maestra para los niños de las empleadas.

 

La vestimenta de los trabajadores no debía afectar a la producción, pero los desharrapados causaban una desagradable impresión y el administrador intentó imponer cierto uniforme, que los operarios pagarían a plazos de sus salarios. Algunos vendieron las prendas recibidas, otros alegaron que su ropa era tan decente o más que la que les exigían, y quienes eran trabajadores temporales hicieron caso omiso de todas las exigencias.

El horario era bastante flexible: la entrada a la fábrica oscilaba entre las 7:00 y las 8:30, y la salida general era a las cuatro de la tarde, si bien se dejaba media hora adicional de tolerancia para que permaneciesen, según su voluntad, los jóvenes inexpertos o los ancianos calmosos que necesitasen más tiempo para completar sus tareas. También se tomaba en cuenta que no podrían permanecer sin comer las ocho horas reglamentarias, de modo que se permitía el tiempo de descanso para consumir los alimentos que podían llevar consigo o lo que ofrecían las vendedoras, a quienes se permitía ingresar con sus canastas de guisos y tortillas, que vendían a los trabajadores de ambas áreas.

Un problema era la frecuencia de disputas y peleas violentas en la sección de hombres, que acudían portando armas según su costumbre. Nuevas normas se aplicaron para asegurar que no las introdujesen a los talleres. La asistencia de grupos familiares fue una constante en el área de mujeres. Al instalarse la fábrica se tomó en consideración el gran número de ellas que quedarían sin empleo y se ofreció dar ocupación a las que ya trabajaban en el ramo, sin importar que fueran madres de familia. No solo se trataba de proteger el trabajo de quienes lo necesitaban, sino que se requería la mano de obra especializada que únicamente ellas podían aportar.

Madres trabajadoras

Según los libros de 1793, aparte de otras ocupaciones, como pureras, envolvedoras, recortadoras y otras, a las 2,800 mujeres que trabajaban como “torcedoras” les acompañaban cien criaturas lactantes y otras trescientas mayores de tres años. Se quejaron las trabajadoras solas, porque el pago se realizaba según tareas cumplidas y muchas niñas trabajaban con sus madres o parientas para ayudarles a cumplir con más tareas. Se les prohibió, entonces, que trabajasen, pero su presencia seguiría siendo un problema, mientras que su expulsión podría tener consecuencias, como advirtió una de las trabajadoras al dirigirse al administrador: “ya conocerá su alta penetración que dos niñas jóvenes, acosadas de los atrevimientos varoniles y cercadas de necesidad están expuestas a irremediable peligro”.

Para reforzar sus argumentos, la mujer insistía en que “se han criado en la oficina y desde que comenzamos a trabajar en ella hemos contribuido las tres semanariamente al fondo de la Concordia”, que era como un seguro de desempleo para casos de accidente o enfermedad, al que todas cooperaban y que permitía descansar a las madres cuando daban a luz y a las enfermas incapaces de trasladarse a la fábrica. La respuesta del director y, de acuerdo con él, la del administrador, fue que se dejase la situación como estaba.

¿Qué más podía hacer el Estado/patrón para asegurar el trabajo sin afectar el buen orden familiar? Había que encontrar solución para los pequeños que ocasionaban desorden y suciedad en las áreas de trabajo; entonces se habilitó un área para los niños, al cuidado de una maestra que impondría algún orden y enseñaría la doctrina cristiana.

Con protestas o lamentaciones, confiadas en que la fábrica requería su habilidad como cigarreras, las mujeres lograron solucionar sus problemas y los funcionarios iniciaron el aprendizaje de unas condiciones laborales que dejaran a salvo la imagen del rey bondadoso, lejos del explotador insaciable.

 

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Pilar Gonzalbo Aizpuru. Doctora en Historia por la UNAM. Profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México y directora del Seminario de Historia de la Vida Cotidiana de dicha institución. Es profesora emérita del Sistema Nacional de Investigadores y en 2007 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Autora de numerosos libros, entre ellos Introducción a la historia de la vida cotidiana (2006), Vivir en Nueva España (2009), Educación, familia y vida cotidiana en el México virreinal (2013), Los muros invisibles. Las mujeres novohispanas y la imposible igualdad (2016), Del barrio a la capital. Tlatelolco y la Ciudad de México en el siglo XVIII (2017) y Seglares en el claustro. Dichas y desdichas de mujeres novohispanas (2018). También ha sido responsable de importantes publicaciones colectivas, entre las que destaca la obra Historia de la vida cotidiana en México (5 t., 2004-2006).

 

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