DOS MEXICANOS ANTE EL TITANIC

MANUEL URUCHURTU Y GUSTAVO AGUIRRE BENAVIDES EN MEDIO DE LA DESGRACIA

Ricardo Lugo-Viñas

1912, febrero. El diputado sonorense en funciones Manuel Uruchurtu Ramírez arribó a la estación de trenes Saint-Lazare, al norte de París. Un cochero lo condujo hasta el hotel Stella Etoile, en el exclusivo Distrito XVI, muy cerca del Arco del Triunfo y también de la residencia del expresidente de México Porfirio Díaz, quien se alojaba en un lujoso piso en el número 26 de la avenida de Bois-de-Boulogne. Uruchurtu había emprendido el viaje, desde Veracruz, quince días antes a bordo del crucero Espagne, cuyo destino final era el puerto francés Le Havre; de ahí, un tren lo conduciría hasta el corazón de la Ciudad Luz.

Todo apunta a que los motivos del viaje de Uruchurtu eran políticos. Al parecer, buscaba el apoyo de algunos prominentes y todavía poderosos políticos mexicanos que habían acompañado a Díaz en su exilio. El diputado tenía la aspiración de convertirse en senador por su estado natal y su viaje a Europa tenía que ver con dicho propósito. Así pues, en París se encontró con connotados políticos, como Ramón Corral, exvicepresidente de México y buen amigo suyo, quien vivía cómodamente en esa ciudad. Durante todo el mes de marzo, Uruchurtu se dedicó a una vida de socialite: visitó al expresidente Díaz, comió con el exsecretario de Hacienda José Yves Limantour y frecuentó al yerno de Corral, el también legislador y presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados: Guillermo Obregón.

Para los primeros días de abril, Uruchurtu comenzó a organizar su viaje de regreso a México. Abordó un tren en la misma estación de Saint-Lazare, pero esta vez en dirección al puerto de Cherburgo, en la península normanda. Al llegar a esa ciudad se hospedó en el hotel París y allí pasaría sus últimos días europeos antes de volver en el mismo crucero Espagne. Sin embargo, de pronto sucedió algo inesperado: la visita de su amigo Guillermo Obregón modificaría por completo y para siempre los planes del hermosillense.

Un boleto de primera clase
En Cherburgo, Obregón le propuso, al calor de las prisas (parece que tenía urgencia por llegar a México), intercambiar tickets de viaje de regreso a América. Resulta que Uruchurtu gozaba de un boleto directo a Veracruz, en el modesto Espagne; en cambio, Obregón tenía un costoso boleto con destino a Nueva York. Y no se trataba de cualquier boleto, ni tampoco de cualquier crucero. Era nada más y nada menos que un pasaje en primera clase –que había costado poco más 27 libras esterlinas– para viajar en el transatlántico más grande del mundo: el icónico Titanic. Por si esto fuera poco, aquel era el viaje inaugural del “coloso de los mares”, como lo bautizó la prensa de la época.

Sin duda que la travesía resultaba más que atractiva. Entonces, Uruchurtu telefoneó a su esposa, Gertrudis Caraza Landero, para notificarle el cambio de planes: llegaría a México más tarde de lo previsto, pues haría escala en Nueva York. Era el 9 de abril de 1912 y, emocionado, se dispuso a descansar. Al día siguiente abordaría el barco más grande y lujoso del mundo, un navío tan moderno que, se decía en los anuncios, “ni Dios podía hundirlo”.

Al día siguiente, justo al mediodía, el Titanic zarpó del puerto inglés de Southampton, en medio de una verdadera fiesta. Todo el mundo irradiaba felicidad: viajeros, tripulación, familiares que despedían a sus seres queridos y, desde luego, los dueños del barco: la empresa White Star. El capitán Edward J. Smith rompió una botella de champaña en señal de buena suerte, los silbatos del colosal navío sonaron y el Titanic echó a andar sus poderosos 55,000 caballos de fuerza motora que, una vez en altamar, le permitirían alcanzar una velocidad máxima de 22.5 nudos (casi 42 kilómetros por hora).

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