• jueves, 23 de marzo de 2017.

Los orígenes de un extraordinario general: Felipe Ángeles

Un revolucionario hidalguense
Por: Carmen Lorenzo Monterrubio

La presencia del general Felipe Ángeles Ramírez en la Revolución ha llamado poderosamente la atención de los historiadores por los numerosos testimonios de sus actitudes extraordinarias y por la bien documentada biografía escrita por su amigo y compañero de lucha, el también general Federico Cervantes, publicada en 1942.

 

El revolucionario Ángeles nació en Zacualtipán, un poblado de la sierra de Hidalgo colindante con la Huasteca, el 13 de junio de 1868, un año después de haber sido restaurada la república por Benito Juárez. En el siglo XIX, esta región fue un importante cruce de caminos comerciales y políticos; caminos que conectaban Tampico con la ciudad de México y Veracruz con el occidente del país. Era también una zona tradicionalmente “liberal”, donde los habitantes de pueblos como Valles, Tamazunchale, Huejutla, Molango y Zacualtipán combatieron por la independencia, contra la invasión estadunidense, en la Guerra de Reforma, así como contra los invasores franceses.

 

Don Felipe Ángeles Melo, padre de nuestro personaje, también participó en esos eventos, primero como guerrillero y luego en las líneas del ejército republicano. Su carrera militar concluyó con el grado de coronel que Juárez le otorgó al término del sitio de Querétaro, en 1867, donde se dio fin al imperio de Maximiliano de Habsburgo.

 

La formación de su personalidad

 

Para entrever la personalidad de Felipe, nos dice Federico Cervantes que cuando el gobierno de Juárez expidió bonos en pago de muchos haberes atrasados, el coronel Ángeles Melo se negó a recibirlos porque “yo he servido a la Nación, no por la paga, sino por el deber”. Ese comportamiento, de acuerdo a distintas fuentes, fue el santo y seña de su padre… Una personalidad que vimos reflejada en su hijo Felipe y de la que hay sobrados testimonios.

 

Don Felipe, como buen liberal de esa época, tenía especial preocupación por la educación de los más desfavorecidos; en su Memoria de la administración pública del Distrito de Molango, de 1882, dejó escrito:

 

La ignorancia conserva un dominio funesto en las masas y no cede su puesto sino gradualmente según que la ilustración avanza y se apodera del espíritu de las sociedades en esa lucha generosa de la luz con las tinieblas, del pasado y el porvenir […].
Si la escuela multiplicando sus esfuerzos ha derramado la luz por todas partes, ha arrancado y sigue arrancando todos los días a la ignorancia millares de espíritus, destinados antes a esterilizarse en la sombra o a corromperse en el vicio; si en la práctica de nuestras instituciones se perciben aún grandes dificultades, hay que señalar la causa en que esa luz no ha sido bastante poderosa para extirpar el deplorable oscurantismo en que hemos vivido por tantos años.

 

El coronel transmitió esas preocupaciones a su hijo, quien ya adulto también consideraba que sólo se lograría la justicia y el progreso cuando fuesen redimidas las grandes masas analfabetas. Si en esa época el discurso oficial buscaba el progreso y la modernidad, el general Ángeles heredaría de su padre la convicción de que un Estado civilizado sólo sería posible cuando “toda la población sepa leer, escribir, discutir, participar y en una considerable medida, entender”.

 

Muchos autores coinciden respecto al carácter generoso del hijo, el general Ángeles, casi visto como el “alma buena” de Francisco Villa debido a su rechazo a fusilar a los prisioneros de guerra, “quienes debían inspirar compasión y ser considerados con clemencia”. Son visibles pues dos vertientes en la personalidad de Ángeles: una que lo inducía a la guerra y otra que lo guiaba a la paz; “el caballeroso soldado hidalguense hubo de ser hombre de guerra”.

 

Maderista

 

Ángeles se hallaba en París cuando en México se desarrollaba el convulso proceso electoral de 1910, por el cual Madero se convirtió en el líder de un vasto movimiento antirreeleccionista. Los sucesos revolucionarios que se desarrollaron a partir del 20 de noviembre de ese año, así como las batallas en Ciudad Juárez en 1911, fueron vistos por el general Ángeles desde la lejanía.

 

Una vez que Porfirio Díaz renunció a la presidencia el 25 de mayo de 1911, se sucedieron elecciones extraordinarias y para noviembre Madero fue declarado presidente de México. Otros oficiales informaron al líder de la calidad de Ángeles, por lo que mandó llamarlo a Europa. Felipe llegó en enero de 1912 y de inmediato se identificó con la visión democrática del presidente, quien lo nombró director del Colegio Militar de Chapultepec. No era de poca importancia esta posición, si pensamos que el presidente tenía su residencia en el Castillo. Los cadetes le brindarían su lealtad en la famosa marcha del 9 de febrero del año siguiente, cuando estalló el golpe de Estado dirigido, entre otros, por el general Manuel Mondragón, quien era padrino de Felipe.

 

En junio de 1912, Ángeles fue ascendido a general brigadier, lo cual le valió algunas críticas de sus adversarios que lo consideraban un oficial del Porfiriato; sin embargo, su lealtad a las instituciones y sus ideales justicieros le demostraron a todos que se hallaba del lado de la revolución.

 

Como se sabe, los quince meses de gobierno maderista no fueron nada fáciles; al contrario, las resistencias a la transición pacífica fueron muchas y a la inestabilidad política contribuyó también a lo que se consideró una errática actuación del presidente. Madero tuvo que enfrentar la sublevación de Pascual Orozco en el norte; la de Félix Díaz en Veracruz, y casi desde el principio, el reclamo de Emiliano Zapata al cumplimiento del programa agrario del Plan de San Luis –emitido por Madero en 1910–, por lo que la rupture con el presidente se produjo a partir de la emisión del Plan de Ayala a finales de noviembre de 1911.

 

Zapata había enfrentado la violencia y el arrasamiento de pueblos por parte del ejército federal después de la renuncia de Díaz, durante el interinato de Francisco León de la Barra, y eso produjo una lógica desconfianza de los suyos hacia el nuevo gobierno. Madero tomó la decisión correcta al nombrar a Felipe Ángeles como comandante en el sur del país, para apaciguar a los campesinos morelenses. El respeto del general a las causas agraristas y su compresión de los agravios sufridos evitó un choque sangriento que fue reconocido por Zapata, quien en 1918 le escribiría a Ángeles:

 

“He tenido ocasión de ser informado de la correcta actitud que usted ha sabido conservar, sin manchar en lo más mínimo sus antecedentes de hombre honrado y militar pundonoroso, que hace honor a su carrera. De hombres así necesita la revolución”.

 

Por su parte, Felipe Ángeles cultivó la admiración por el jefe sureño y por uno de sus más cercanos colaboradores, Genovevo de la O.

 

Del trato que tuvo con Madero surgió amistad y afecto mutuo. Ángeles defendería hasta su muerte los principios democráticos de esa revolución. El 9 de febrero de 1913 estalló en la ciudad de México el cuartelazo que pretendía poner punto final a la inestabilidad política. En la trama del derrocamiento del gobierno se hallaron involucrados los generales Victoriano Huerta, Félix Díaz (el “sobrino de su tío”), Bernardo Reyes, y en primerísima línea su padrino Manuel Mondragón.

 

Ahora nos parece un acto inexplicable que Madero, ese mismo 9 de febrero, haya ido hasta Cuernavaca a buscar al general Ángeles para contar con su apoyo en las operaciones contra los rebeldes en la ciudad de México; por el grado militar que ostentaba, el presidente lo puso bajo las órdenes del general de División Victoriano Huerta.

 

En su libro, el general Cervantes –discípulo de Ángeles en el Colegio Militar y luego su subordinado en la revolución–, asegura que el general cumplió con su deber en el ataque a la Ciudadela, donde se habían atrincherado las tropas rebeldes, con las que Huerta estableció una secreta complicidad. Esto, en rechazo a las versiones de que Ángeles se habría coludido con aquéllos dado que salvó su vida en el golpe.

 

La traición de los jefes del ejército llegó hasta el arresto del presidente Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, a quienes Ángeles, también arrestado, acompañó hasta sus últimos momentos durante su prisión en Palacio Nacional. El general se salvo de la muerte porque Huerta no quería responder por el asesinato de un alto oficial militar que gozaba de amplias simpatías en el ejército. Así las cosas, fue encerrado en la prisión de Lecumberri y en agosto desterrado a Francia, aunque oficialmente había sido enviado a una comisión militar.

 

Esta publicación es sólo un fragmento del artículo "Los orígenes de Felipe Ángeles" de la autora Carmen Lorenzo Monterrubio, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México número 99: http://relatosehistorias.mx/la-coleccion/99-felipe-angeles-un-extraordin...