El gran RIUS

La historia y el historietista
Agustín Sánchez González

Entre los protagonistas de la oleada democrática de 1968 se halló Rius; no en las asambleas o en los mítines, sino como proveedor de las lecturas de los millones de adictos al micromundo de San Garabato, Cuc., ese pueblo donde los supermachos aguantan sin chistar los abusos de un presidente municipal empistolado. Y fue esta generación la que hizo posible que sus historietas alcanzaran tirajes semanales de hasta 250 000 copias para expandir la libertad de la crítica por medio de la burla hacia el poder.

 

 

En los años sesenta había un país ubicado en el territorio de Norteamérica al que se le agotaba el proyecto modernizador y en donde la crisis del partido único y la antidemocracia se agudizaban. En ese país llamado México se censuraba con ganas, con discreción y corrupción a la prensa nacional; sociedades “académicas” anacrónicas hacían lo propio con libros como Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis; autoridades cinematográficas prohibían una película llamada La sombra del caudillo, de Julio Bracho, o hasta la mismísima Secretaría de Educación Pública vetaba las inocentes canciones de Cri-Crí.

 

Por las calles de la gran capital, gobernada por un sonorense autoritario que había acabado con la vida nocturna (Ernesto Uruchurtu), andaba un señor de ojos azules llamado Eduardo Humberto del Río García, quien por entonces ya firmaba sus monos como Rius para que su familia no se enterara que era él. Era un güero de rancho nacido en Zamora, Michoacán en 1934, sin chamba, recién casado. Andaba pataleando por las calles y maldecía su suerte cuando se topó en plena avenida Bucareli, zona periodística por excelencia, con un viejo colega que lo escuchó y le invitó a entrarle a la historieta.

 

Sucede que durante la década de 1954, cuando llegó incidentalmente a la revista Ja-já, y hasta 1964, había roto todos los récords de despidos de los periódicos, con la desventajosa decisión de querer vivir de los monos; y por si fuera poco, se acababa de casar con Rosita W., hija de Ricardo W. Martínez, caricaturista y fotógrafo, así como hermana del llamado Matz, también caricaturista. Y es que la lista de periódicos por donde pasó Rius era larga: Ovaciones, Novedades, Diario de México, La Prensa y El Universal. De una u otra forma había sido echado de todos.

 

Hay que recordar que durante décadas la censura y autocensura privaron en la prensa mexicana. Había una serie de temas tabú y ni hablar del presidente se podía, mucho menos caricaturizarlo.

 

Como monero, Rius tenía una fuerte competencia ante grandes estrellas, como Ernesto el Chango García Cabral o Andrés Audiffred. Además, la generación anterior a él era genial, pues estaban Antonio Arias Bernal o Abel Quezada, y ni qué decir de sus contemporáneos, mejor dotados que él estéticamente hablando, como Vadillo, Jorge Carreño, Rogelio Naranjo o Helioflores. Con todo, su originalidad y chispa le permitieron ganar el Premio Nacional de Periodismo en 1960, el cual le fue entregado por el presidente Adolfo López Mateos y lo puso al lado de otros galardonados de primera calidad como Manuel Becerra Acosta y Alberto Domingo, entre otros.

 

¡Pero ni así tenía trabajo! Sólo las incidentales colaboraciones en la revista Siempre! y en Política; mal pagadas, como sucede hasta nuestros días.

 

LOS SUPERMACHOS

 

Andaba apachurrado cuando vino el encuentro con el caricaturista veracruzano Rafael Viadana, quien, al enterarse de la desgracia de Rius, le contó que se había asociado con el periodista Octavio Colmenares para formar la Editorial Meridiano y le propuso hacer una historieta. “Si quieres haznos una prueba. Algo así como lo que hace Varguitas”, le dijo, refiriéndose al genial Gabriel Vargas, autor de La Familia Burrón.

 

Ese fue el origen. Cuenta Rius que por la noche empezó a idear cómo construir la publicación. Recordó su natal y conservadora ciudad de Zamora. Viajó hacia allá y encontró la génesis de lo que revolucionaría la historieta nacional, que para entonces se encontraba de capa caída: Los Supermachos, una variante de dos de las más populares de la época: Los Supersabios, de Germán Butze, y Los Superlocos de Vargas, de donde nació La Familia Burrón y Don Jilemón Metralla y Bomba.

 

Así empezó una historia que contribuyó a romper con los aires represivos de este país. Si en las décadas anteriores la historieta había puesto a leer semanalmente a millones de mexicanos, Rius ponía a leer de nueva cuenta a una población ávida de saber más del mundo, pues la prensa decía casi nada y la televisión o la radio menos.

 

Esta primera aventura duró cien números. Los héroes eran Juan Calzónzin y Chon Prieto, a la manera de don Quijote y Sancho Panza. Los malosos eran don Perpetuo del Rosal, el político corrupto y manipulador, aliado de don Plutarco Iturbide, el banquero, y el cura Íñigo; había policías, beatas, el boticario, el poeta… Todo un microcosmos que en el primer número se presentaba de esta manera:

 

San Garabato –tierra de machos, borrachos y comprachos– es un pueblo rabón, igual a otros pueblos de México en el número de machos y borrachos… sin embargo ha superado a otros pueblos pues los machos-machos se fueron del pueblo, unos de braceros y otros de mariachis, por falta de algo que comer… y se quedaron sólo los muy muy machos: ¡Los supermachos!

 

Por otra parte, persistía una avidez entre ciertos sectores de la sociedad nacional por saber qué pasaba, por encontrar espacios de expresión ante la crisis y represión sutil –y no sutil– que se vivían. A la par, Rius puso en papel el retrato vivo de la corrupción, la miseria, la enajenación, el poder… todo en San Garabato y, por ende, en todo México.

 

LA CENSURA

 

Eso no gustó a las esferas del gobierno, acostumbradas a enseñar el mundo color de rosa que, se decía, vivíamos. El editor Colmenares, primero feliz por las ganancias y después preocupado por las presiones gubernamentales, le pidió a Rius que le bajara de tono a las críticas. Luego Viadana falleció y no hubo ya un contrapeso en la empresa.

 

Entonces Rius hizo algunas concesiones, tuvo que hacer cambios “en común acuerdo –dice en Mis Supermachos–, previo a su envío a la imprenta, pero poco a poco [Colmenares] fue estableciendo una censura a los ‘globos’ conflictivos sin avisarme; yo me enteraba de los cambios en los diálogos sólo cuando la historieta ya estaba impresa. Cambiaba palabras y parlamentos, quitaba nombres y hasta llegó a desaparecer una página completa en el #88”.

 

La divergencia cada vez mayor provocó una necesaria ruptura. Rius preparaba su salida a otra editorial en el número 100, en busca de una empresa que le respetara; mientras, Colmenares jugaba chueco: a escondidas había registrado el título de la revista y, a la par, mandó maquilar tres números al periodista Natividad Rosales y al caricaturista Francisco Ochoa. Luego vino un pleito legal en el que Rius “perdió la cabeza” (y el título de la publicación) y debió negociar para que le permitieran sacar otra revista.

 

Era obvio que el gobierno no permitiría que continuara esa politización que Rius, queriendo o no, gestaba. La revista alcanzó ventas de hasta 250 000 ejemplares, lo que implicaba cerca de un millón de lectores que pasaban Los Supermachos de mano en mano y que semana a semana buscaban una visión diferente, fresca, bravucona y crítica sobre una sociedad que con frecuencia era reprimida.

 

 

Esta publicación sólo es un fragmento del artículo "Rius. La historia y el historietista" del autor Agustín Sánchez González, que se publicó íntegramente en Relatos e Historias en México, número 102