• miércoles, 22 de noviembre de 2017.

Sentimientos de la Nación

A doscientos años del revolucionario ideario político de Morelos
Por: Jesús Hernández Jaimes

Únicamente desde la ignorancia y los prejuicios ideológicos alguien puede afirmar que los líderes insurgentes carecieron de un proyecto político y que nada hicieron para institucionalizar una idea de Estado. El erudito historiador Carlos Herrejón Peredo ha demostrado que incluso Hidalgo tenía un proyecto, pero no alcanzó a formularlo de manera sistemática ni mucho menos a materializarlo. Los críticos del cura de Dolores suelen pasar por alto que su actividad político-militar sólo duró seis meses y que tuvo que iniciarla antes de lo previsto. No obstante, dio indicaciones tanto a Ignacio López Rayón como a Morelos de que trabajaran en la institucionalización de un gobierno independiente. Éstos atendieron la instrucción, aunque al hacerlo cada uno imprimió su propia perspectiva política.

El 19 de agosto de 1811, unas semanas después de que Hidalgo y otros líderes rebeldes fueran fusilados, Rayón convocó a elegir representantes para una Suprema Junta Nacional Americana con facultades ejecutivas, legislativas y judiciales, mejor conocida como Junta de Zitácuaro. El legado más relevante para la historia del constitucionalismo insurgente que dejó la junta fueron los Elementos de nuestra Constitución, con sus 38 artículos, redactados probablemente en abril de 1812. Este documento fue identificado por los integrantes del Congreso Constituyente de 1823 como el ensayo constitucional más remoto del proceso independentista. Como hace notar el historiador Moisés Guzmán Pérez, “los Elementos destacaban la defensa de la fe católica, la declaración de la independencia y la cuestión de la soberanía, la organización del gobierno y función de sus cuerpos para impartir justicia, las garantías del individuo fundamentadas en el derecho natural y de gentes y el culto a los héroes”. Por su parte, Herrejón Peredo advierte que Morelos expresó que los Elementos “con poca diferencia son los mismos que conferenciamos con el señor Hidalgo”. No obstante, enseguida apunta que las coincidencias entre el pensamiento de Hidalgo y los Elementos no son tantas. Pese a ello interesa destacar la continuidad del afán por dar forma a un gobierno independiente.

Como es bastante sabido, Morelos tuvo acres diferencias y disputas con Rayón, tanto de carácter ideológico como militar. No obstante, el primero reconoció la autoridad emanada de la Suprema Junta Nacional Americana de la cual formaba parte y que estaba presidida por Rayón. Sólo cuando las diferencias entre éste y los otros dos integrantes de la junta, José Sixto Verduzco y José María Liceaga, pusieron en peligro la continuidad del proyecto político y del movimiento rebelde, Morelos decidió reorganizar dicho órgano. Así tomó forma la idea en 1813 de convocar a un congreso en Chilpancingo como una continuación de la junta. Como apuntan Herrejón Peredo y Guzmán Pérez, el objetivo de Morelos era reconstituir el órgano legislativo y de gobierno nacido en Zitácuaro, no abolirlo; prueba de ello es que Rayón pasó a formar parte del nuevo cuerpo representativo.

Las sesiones del Congreso de Chilpancingo o de Anáhuac iniciaron el 14 de septiembre de 1813 y concluyeron en noviembre del mismo año. Sin embargo, la labor legislativa continuó hasta el 22 de octubre de 1814, cuando finalmente se aprobó y promulgó la Constitución de Apatzingán. No obstante, el periodo de actividades en Chilpancingo es relevante para la historia del pensamiento político de Morelos y del constitucionalismo mexicano. En los días previos al inicio de sesiones Morelos redactó dos documentos en los cuales se sintetiza su ideario político: el Reglamento del Congreso, dado a conocer el 11 de septiembre de 1813, y, por supuesto, los Sentimientos de la Nación, entregado al congreso el día de inicio de sus actividades con el fin de que sirvieran de guía para su labor.

Es verdad que los Sentimientos de la Nación no fueron suscritos a plenitud por los legisladores insurgentes; sin embargo, su impronta es muy fácil de hallar en la Constitución de Apatzingán. Su importancia reside, como señala Herrejón Peredo, en que “recapitulan, corrigen y reformulan propuestas y declaraciones principalmente de Hidalgo, de Rayón y de las Cortes de Cádiz, así como del propio Morelos” y, junto con el Reglamento, “forman parte de un proceso en que las demandas de diversos grupos, percibidas y expresadas por el caudillo del sur, así como las disposiciones de Hidalgo, las propuestas de Rayón y otros, son eslabones indispensables para su adecuada comprensión”.

Obviamente la historiografía nacionalista y patriótica ha exagerado al presentar los Sentimientos de la Nación como un documento excepcional y de avanzada en la historia del pensamiento político mexicano. Sin embargo, no puede rebatirse que son una prueba palpable de que Morelos y los demás integrantes del Congreso de Chilpancingo estaban empapados de las ideas ilustradas y liberales en boga tanto en Europa como en Hispanoamérica; por supuesto que también conocían la tradición escolástica en la cual habían sido educados. El documento es producto de un momento cultural común a Europa y América, pero que de igual forma recoge preocupaciones propias de la realidad novohispana. Ni más, ni menos.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Sentimientos de la Nación” del autor Jesús Hernández Jaimes y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 61.

 

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